Texto original / Original textMichelangelo Buonarroti
Estoy aquí empacado como la pulpa de una fruta,
Comprimido por su cáscara. En una soledad sombría,
Un genio dentro de una jarra, abandonado en la miseria.
No hay espacio para remontar el vuelo. Estoy en una tumba
Donde la loca Aracne y su siniestra cuadrilla
Suben y bajan sin cesar, tejiendo un telar espectral.
Mi entrada sirve de letrina para gigantes
Que se atiborran de uvas que aflojan el vientre
O padecen diarrea. Ningún otro retrete parece servirles.
¡Orina! Qué bien la conozco: un conducto que gotea
Y me obliga a despertar demasiado temprano,
Cuando el alba juega a asomarse y esconderse. Y allá… ¡qué asco!:
Gatos muertos, desechos de cloaca y de excusado,
Porquería de pocilga, regalos que me arrojan
Al azar. ¿No pueden llegar hasta un estercolero decente, señores?
Pero en esto el cuerpo ayuda un poco al alma:
Si mis entrañas, destapadas, pudieran ventilar su hedor,
Ni el pan ni el queso lo mantendrían prisionero;
Pero ahora el catarro y la mucosidad se acumulan alrededor.
La congestión bloquea la puerta trasera,
Y con tanta flema, también está cerrada la salida de arriba.
Con el vientre hinchado y lleno de piedras,
Tullido, desvencijado, agotado por el trabajo:
Eso es lo que soy. Le pago a la Muerte, mi posadera,
Por un camastro lleno de pulgas, comida miserable y un saco.
Mi placer es rumiar en la tristeza. Viejo y canoso,
El malestar es mi descanso. A quien escoja vivir así,
Que Dios lo mantenga hundido día tras día.
Soy el espantajo de una función de Reyes.
El escenario es apropiado: un establo.
Mi ruina destaca junto a las elegantes mansiones alineadas.
No arde ninguna llama de amor dentro de mi corazón:
Solo un hogar frío, desnudo, hundido en cenizas.
Reinan las corrientes heladas.
Han sido cortadas las alas
Que antes surcaban el aire celestial.
Mi cráneo zumba como un avispón dentro de un cubo de madera;
Mi piel, como un saco de arpillera, carga huesos y estopa;
Mi vejiga es una bolsa de grava con bordes de pizarra.
Mis ojos son pigmento violáceo molido en un mortero;
Mis dientes, llaves de oboe que, cuando soplo,
Dejan silbar el aire o se niegan a producir sonido.
Mi rostro grita: «¡Buuu!». Da miedo.
Los harapos que llevo puestos ahuyentan,
Sin arco ni flechas, bandadas de cuervos
De los surcos recién sembrados, incluso con buen tiempo.
Una oreja está cubierta de telarañas.
En la otra tengo trémolos,
Y un grillo cantor la elige para pasar toda la noche.
No puedo dormir por los ronquidos y resoplidos estridentes
Que salen de mi boca y mi nariz.
Amor, grutas cubiertas de flores, todas las Musas:
Sobre ellos llené páginas y páginas,
Ahora reducidas a papeles para sumar cuentas,
Envolver pescado, limpiar retretes
O emplearse en usos aún peores.
Las figuras que una vez hice posar,
Aquella pandilla arrogante,
Pueden contemplar lo que soy ahora:
Me parezco a quien, después de cruzar nadando el ancho océano,
Terminó ahogado en sus propios mocos.
Mi amado arte, mi tiempo de esplendor,
Mi nombre, mi fama, mis elogios,
Toda aquella palabrería que perseguí
Me ha dejado sometido, pobre, viejo y solo.
Oh, muerte, líbrame pronto.
Porque, de no ser así,
Pronto estaré acabado.